jueves, 6 de junio de 2013

NOTA POSTRERA


Parece que después de tres años de ser redactado, este libro va a ser editado en los últimos meses del este año 2004. Visto desde la perspectiva que da cualquier lectura, tres años no parecen gran cosa. Pero vistos desde la proximidad de la escritura, tres años han sido para mí una eternidad.

El problema no es que haya ardido yo durante este tiempo en deseos de editarlo para satisfacción de mi vanidad o para gloria de mi carrera docente, sino que su no edición ha constituido para mí algo así como un tapón o una represa que me impedía seguir escribiendo libros.

Nada más acabar con su primera redacción me puse animadamente a escribir otro libro sobre Arquitectura y Vejez, pero a los pocos meses, el atasco de este Manual empezó a ser como un freno. ¿Para qué escribir libros si no se publican?

Así que volví a la escritura de artículos, esta vez en una modesta publicación mensual llamada elhAll, que yo mismo edito para el Colegio de Arquitectos de La Rioja y que gracias al invento de internet, el lector puede encontrar en la página www.coar.es

Pero no es lo mismo escribir artículos que libros. Como cito en el prelogo en relación con la labor de la escritura y con el magisterio de Eduardo Gil Bera, un libro es un asunto de disciplina personal. Así que la no edición de Manual ha devenido por mi parte, en cierta relajación.

Las dos personas que más se entusiasmaron con la lectura del manuscrito de este Manual, el humanista valenciano Alberto Adsuara y el arquitecto vasco-asturiano Víctor García Oviedo, me han reconvenido varias veces con cariño a seguir con la tarea de la escritura de libros, es decir, a seguir diciendo, más y mejor, lo que se apunta en él.

Pero como para seguir escribiendo había que intentar publicarlo, me puse a elloy a finales del año 2002 lo envié a varias editoriales que lo rechazaron sin mayor explicación. Me gustaría mucho escribir sobre tan interesante asunto pero no creo que sea ahora el momento adecuado.

Durante el año 2003, una serie de contactos casuales me hicieron concebir la esperanza de que fuera editado por unas universidades mexicanas que parecían interesadas en su carácter anómalo y en su valor pedagógico. Pero las cosas en México parece que van muy despacio y a estas alturas sigo sin saber nada de sus intenciones editoriales.

Ha sido en 2004 cuando he entendido que la edición de un libro (como la construcción de un edificio) puede ser más una tarea colectiva que personal. Así que la mezcla entre un editor, una financiación gremial, esos amigos que empujan y hasta un arquitecto de prestigio que dice que está bien, parece que van a hacer, al fin, de mi nanuscrito un libro.

A instancias del editor y por problemas de derechos de propiedad y reproducción en blanco y negro, he tenido que suprimir un buen número de imágenes tomadas de otras publicaciones o sustituirlas por otras y reducir notablemente su número con el perjuicio que ello pueda ocasionar a los lectores que no conocen las referencias. Los profesores hemos cogido el vicio de acompañar siempre nuestros textos con diapositivas sacadas de libros sin ningún problema de copyright y no caemos en la cuenta de la notoria diferencia editorial entre los libros de texto con imágenes y los libros de imágenes con textos. Este es un libro de texto, por supuesto, e el que las imágenes, aunque secundarias, a veces pueden ser muy necesarias. Sobre todo cuando, dada mi afición a la síntesis o el sarcasmo, me expreso con demasiada brevedad.

El primer destinatario de este libro -al que le va dedicado en la primera página-, sostiene que la escritura debe corregirse y reescribirse continuamente hasta la mayor perfección posible, pero para su irritación (y espero que me perdone por dedicárselo) yo prefiero dejar las cosas como han sido escritas en principio y acaso reescribirlas de nuevo, más adelante, si es preciso.

Creo que debo esperar que sean los lectores (o los editores) quienes me digan si quieren nuevos libros míos, pues prefiero que las disciplinas me sean impuestas desde fuera antes que aplicármelas por mi propia voluntad. Al releer yo mismo las páginas de este Manual, más de una vez me sorprendo de los brutales saltos que doy en la narración del los asuntos concretos o en las temáticas que trato, y de lo duro que tiene que ser para el lector seguirme en esos saltos. Ese desconcierto que continuamente creo con mi escritura poco ortodoxa sé que va en detrimento del entendimiento racional, pero a cambio, creo que abre las puertas a otro tipo de entendimiento más oscuro y profundo (llamémoslo poético) en el que la obra es inseparable de la personal y  que finalmente, remite a una relación entre el lector y el autro mucho más directa y personal. Sepa por tanto el lector que por el simple hecho de ponerse a leerme, ya no es para mí un alumno o un consumidor de cultura, sino un amigo. Y sepan también de mi agradecimiento todos los que contribuyen a su edición.

Agosto 2004